La Pluma Inclemente | Un saurio como embajador wirárika


El festival de Black Rock City no es uno más, en todo caso, es la antítesis a la proliferación de eventos promotores del hiperconsumismo y la banalidad. Nace como una respuesta a la liturgia de festivales comerciales donde la cultura de la explotación no tiene cabida. Este fue el nido para el alumbramiento de Ichiro Sacred Beings, la monumental escultura de arte wirárika que ha sorprendido a miles de testigos presenciales.


El desierto de Nevada fungió como su lienzo, entre variedades de sepia emergieron 11 metros de hipnótico colorido, un saurio de la especie Velafrons Coahuilensis fue el ejemplar elegido por la artista plástica Marianela Fuentes y Gustavo Cárdenas Moreno, incansable promotor del arte mexicano, quienes lideraron un pequeño ejército de artesanos huicholes que dieron vida a Ichiro Sacred Beings.


Marianela, orgullosa coahuilense, fusionó la historia de esa franja en el noroeste mexicano. Cuando el Velafrons existía, gran parte del estado era mar, lo que creo las condiciones idóneas para convertirse en un cementerio de dinosaurios. No hay otro ejemplar mejor conservado encontrado en territorio nacional que el descubierto bajo las arenas laguneras.


La intensidad cromática sólo compite con el colosal tamaño, empero, no se contraponen. Millones de chaquiras fueron colocadas con la paciencia de quien tiene en el desierto su techo. La vista se inunda por la geometría sagrada wirárika, la sorpresa del espectador extranjero es unánime tras conocer esta esquina desconocida del inagotable sincretismo mexicano.


El arraigo fue fundamental, recrear una réplica exacta de este primo del Tiranosaurio Rex solo tuvo sentido si iba a contar la historia de otro caminante excepcional: el huichol. Millones de años en sincretismo que definen a Marianela y amplían el identitario mexicano en el mundo, más allá del cliché establecido. Ahí radica el fundamento toral en la importancia de Ichiro Sacred Beings.


No se limita a la expresión natural de la artista y su entorno, representa a toda una comunidad que se debate entre la modernidad y la supervivencia de su cosmogonía, nos recuerda a todos nuestra compleja mexicanidad y, como colofón sublime, cambia el paradigma sobre cómo nos conciben más allá de nuestras fronteras.


Ichiro, al igual que los huicholes, continuará su eterno camino con misiones diferentes. Ellos, perpetuando su cultura fascinante e imprescindible; él, como embajador de los hijos de Ehécatl.